
En una época, la música de My Chemical Romance era tan triste que podían hacer sangrar tu frío corazoncito gótico. En The Black Parade (2006), Gerard Way cantaba sobre el cáncer y la miseria, y se convertía así en el salvador de los dolientes y de los condenados. Ahora, se tiñó el pelo de rojo fuego y está enojado con todo el mundo: con los drogones, con las chicas fiesteras, con Hollywood, y sobre todo con él mismo por haberse hecho tan famoso. "Si querés ser una estrella de cine/ jugá el juego y llevá a la banda bien lejos;/ hacé las cosas bien y manejá un Volvo,/ peleate con alguien en el bar de un aeropuerto", gruñe Way en el poderoso garage rock "Vampire Money". Esa mala onda le queda bien a este disco lleno de sintetizadores, que parece una carta de amor a todos los chicos de reformatorio y a los pacientes de Ritalin que están esperando que alguien arme una bomba lo suficientemente grande para sacar de la radio a todas las banditas pop. En algún lugar entre los riffs de metal mesiánico de "Destroya" y la tracción a Red Bull de "Bulletproof Heart", Danger Days constituye un total rechazo del infladísimo rock de celebridades. Con pastillas de locutor intercaladas (supuestamente, se trata de transmisiones de una radio post-apocalíptica), y alimentado por el odio a los clichés del estrellato rockero, los MCR abandonan su proverbial teatralidad de musical de Broadway por un estilo desafiante, fuerte y veloz: "¡Cántenla para los que los van a odiar!", proclama Way. Pero va a ser difícil que la gente odie canciones como "Na Na Na (Na Na Na Na Na Na Na Na Na)", un himno que a la vez te provoca y te hace cantar.
Por Melissa Maerz